Discurso inaugural de la Universidad Católica de Valparaíso
Marzo de 1928
Una Universidad es la expresión más elocuente de la cultura de un pueblo. Abre horizontes a la juventud, marca los rumbos del progreso material, científico y artístico. En sus centros de cultura superior, liga a los individuos con nobles ideales, elevándolos por sobre las miserias humanas y la materialidad de la vida.
Y Valparaíso sentía de manera imperiosa este anhelo y se congrega.
Por eso, la sociedad, sin distinción de clases, ha mirado con cariño esta institución destinada a la cultura. Ahora, en este momento clásico de la historia de la ciudad, nos juntamos con júbilo para dar gracias a Dios, que ha movido a almas generosas a realizar este monumento con mano ejemplarmente pródiga.
Esta Universidad empieza su vida con un Instituto Técnico Superior, destinado al Comercio y a la Industria.
Su Facultad de Comercio no es simplemente un instituto de contabilidad, como lo son de ordinario los de su género en nuestro país. Su programa es más amplio: trataremos de preparar a los jóvenes para que conozcan a fondo las diversas actividades de la vida comercial, formaremos su carácter profesional para depositar en ellos iniciativas que los hagan luchar por su propia cuenta.
Nuestros alumnos, al retirarse de nuestras aulas, llevarán un rumbo bien definido, estudiado con calma y teniendo en cuenta su carácter, sus aptitudes, su situación social y pecuniaria. Y nuestro ideal será que el comerciante formado en la Universidad mantenga estrechas vinculaciones con sus maestros, para que nos tenga al tanto de sus éxitos y derrotas, a fin de que recojamos la experiencia práctica o sirvamos de apoyo y de luz a nuestros alumnos.
La Facultad de Industrias formará técnicos en construcción, mecánica, electricidad y química. Tendremos, gracias a Dios, que formar con generosidad. Contaremos con todos los elementos necesarios para la preparación científica más exigente: laboratorios y talleres completos y modernos para enseñar la técnica y práctica a la vez. Asimismo, severidad en los estudios, de tal modo que cada título conferido sea correspondiente a una eficiente competencia profesional. Jamás perderemos de vista que el prestigio de nuestros profesionales, por su preparación, dará valía a nuestra institución.
Con este programa, la Universidad empieza a llenar un gran vacío entre nosotros, pero no se reducirá sólo a eso. Terminado el trabajo diario con los jóvenes alumnos, las puertas de esta institución quedarán abiertas para el obrero que, teniendo conciencia de la necesidad de progresar, busque el perfeccionamiento en su trabajo. Éste, sin duda alguna, es un objetivo al cual dedicaremos todo nuestro entusiasmo y esfuerzo.
Levantar el nivel intelectual y moral de nuestros obreros, haciéndolos más preparados y conscientes, es obra cristiana y patriótica por excelencia.
Y debo dejar constancia en este momento solemne en que empieza la vida de esta institución, que este objetivo es uno de los ideales más definidos de sus fundadores. Darle el impulso posible es realizar fielmente la aspiración que ellos tienen de amor bien entendido a las clases trabajadoras.
La obra moral que realizará esta institución es tan importante como la científica.
Dar al joven una profesión sin cimentar sólidamente su alma en los principios morales de Jesucristo es un crimen. Si se cultiva la inteligencia con el conocimiento de la verdad científica, hay que cultivar también la voluntad y el corazón con la práctica de la virtud. Tal es la complexión de la belleza humana.
Cultivar sólo la voluntad con la virtud, dejando a oscuras la inteligencia, es formar hombres incompletos. Cultivar sólo la inteligencia, sin llenar la voluntad con la virtud, es formar hombres sin moralidad; es lanzarlos a la lucha sin base moral, con inteligencia perfeccionada para el desorden. Entre el hombre bueno sin ciencia y el sabio sin moral, debemos preferir al primero.
La perfección del ser y la voluntad son las dos alas con las que el alma vuela. Por eso, en este establecimiento procuraremos dar a la ciencia todo el impulso que nos sea posible y, al mismo tiempo, nos esforzaremos por inculcar las virtudes de Jesucristo, las únicas capaces de dar a nuestra patria y al mundo el orden y la paz que necesitan.
La autoridad civil puede estar segura de que aquí se formará un grupo de hombres de orden, respetuosos de sus gobernantes, propulsores del progreso del país, capaces de dar la vida, en cualquier momento, por su patria y su bandera. A la sombra de Jesucristo, se han formado siempre los hombres con mayor entereza en la defensa del derecho y las conciencias más rectas dedicadas al cumplimiento del deber.
Y al hablar de la formación moral, no puedo ocultar el profundo agradecimiento y la grata satisfacción por tener entre nosotros al Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, representante del Pontífice Supremo, que tiene en sus manos el cetro de primera autoridad moral en el mundo.
Desde la colocación de la primera piedra, esta Universidad está consagrada al reencuentro por excelencia al Corazón de Cristo. Por eso, allí le fabricaron su morada los fundadores y hoy empieza su obra salvadora.
Él será el Maestro de esta institución.
Y cuando impongáis, Excelentísimo Señor, a nuestro Padre Común los primeros pasos de esta reciente Diócesis de Valparaíso, decidle que Dios ha prolongado la vida de su primer Obispo para darle el consuelo de ver terminada la obra que Él, por su modestia, mereció de lo alto con regia magnificencia.
Él ha sido quien supo infundir aliento y confianza en los fundadores de esta magna obra en favor de la Iglesia: impetrad una bendición especial para nuestro Obispo, para los insignes fundadores de la Universidad, y para nuestros profesores y alumnos.
Se lo pedimos con vehemencia apasionada Excelentísimo Señor, porque amamos al Pontífice con la respetuosa ternura con la que los discípulos amaban al Maestro.
Señores, no puedo abusar más de vuestra benevolencia. De todo corazón, agradezco con profundo reconocimiento al señor Intendente y demás autoridades civiles por su presencia en esta inauguración, que nos alienta y prestigia.
Agradezco al señor Nuncio que haya retardado su visita a la Diócesis para dar realce a esta fiesta. Aquí será siempre respetado con santa efusión el representante del Pontífice. Y a vosotros, padres de familia, os congratulo con toda su alma por estar en el hogar venerado que hoy se obsequia a nuestros propios hijos.
Y al finalizar, señores, dejadme por un momento que os abra mi corazón para pronunciar una plegaria que me impone la más severa justicia con ímpetu irresistible. Desde hace tres años que se viene gestionando en este monumento de cultura un caudal inapreciable.
¡Que Dios bendiga a los fundadores de esta obra! Han querido con ella honrar la memoria de la señora Isabel Caces de Brown y del señor Juan Brown. Yo, que he sentido en el ser el latir de sus corazones, siento y puedo asegurar el deseo que ha ido inseparablemente unido al de hacer el bien a su Providencia, el anhelo de engrandar esta bella ciudad, la caridad bien entendida a los hijos del pueblo y por la santa ambición de la mayor gloria de Dios, sobre todo el amor entrañable a la Iglesia y a la aspiración íntima de los jóvenes de formarse en la escuela y en el taller de Jesucristo, para que sepan ser ciudadanos que honran la Patria.
Por eso, que Dios los bendiga y lo pido con toda la vehemencia de mi corazón sacerdotal en nombre de mi Obispo y de los jóvenes confiados a este plantel de enseñanza. Que Dios prolongue la vida de los insignes fundadores, para que tengan el consuelo de ver esta planta crecer y extender sus ramas bienhechoras, dando sombra a tanto joven con ansias de tener un porvenir seguro en la vida. Felices los que tuvieron la generosidad de desprenderse de su fortuna durante su vida para arrojarla en este fértil surco. Alcanzarán a cosechar en la tierra las bendiciones de los alumnos ya formados, el reconocimiento de las madres y padres de familias agradecidos, y la bendición fraterna de la Iglesia.
Felices ellos que, al pasar por esta vida, han dejado una huella que no se borra. Al llegar al término, merecerán que se les llame siervos buenos y fieles, dignos del goce de Dios.
Rubén Castro Rojas, Rector de la Universidad
Discurso Inaugural, Valparaíso 25 de marzo de 1928
